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El deseo dice su nombre (cuatro)
Megalomanía y humedades

Cual hallazgo de esos manuscritos
olvidados en polvorientos arcones
que ven la luz centurias más tarde,
me sorprendo hoy con estos textos
perdidos en sus carpetas virtuales.

Fueron impresas unas escasas líneas
que cuentan de ese sábado de café en
la amiga avenida Corrientes, bastante
estropeado yo aún por una crudelísima
tragedia y algunos problemas recientes.

Digo allí que un relámpago atravesó mi
mente: intuida otra vez la unidad del todo
y sus partes en un libro breve y enorme
que me observo leyendo excitado y feliz,
sin mengua pese a magulladas vértebras.

Repito la frase de siempre: “Aquí, yacente
en la cama, hay un genio oculto, ignorado.
Nadie sabrá todo lo que sabe este médico
porteño, asediado por sus ruidosos vecinos
en el deslucido, mercantil barrio del Once”.

¿Por qué digo esto de nuevo, este día?
Reincidente delirio de grandezas.
He robado ya antes los destellos luminosos
de Shelley, y hoy lo hago con Tennyson:
“Flower in the crannied wall…”

Los extintos autores del libro que devoro
han unido con sapiencia el poeta inglés a
Tales de Mileto y Aristóteles de Estagiria:
“La simiente de todas las cosas es húmeda”,
explican los griegos así el origen del Todo.

Y es aquí donde el desvarío me lleva a vos.
A tu boca, a tus pliegues pudendos, a sabor
de salivas mezcladas y acritudes nocturnas
profundas. Paladeo ya humedades eróticas
Que en urgente deseo sabremos brindarnos.

¿Cómo es que no estás aquí ahora, me digo,
para repetir ya mismo esta potente aventura
de ser nosotros la delirante simiente del todo
y de sus fragmentos, de asumir como propia
una especie de ambiciosa demiurgia inicial?

No es posible que entienda yo que tu cuerpo
esté ausente de mi lecho y que tus labios
no se unen a los míos: comunión de fluidos,
exploración de sudores calientes y fríos,
de esos pliegues que anhelan ser absorbidos.

¡Ah! Pero tu presencia no sabe de ausencias:
me parece que siento ahora tibieza a mi lado.
¿Se cumplirá así la profecía griega entonces,
y será la humedad de tu piel y mi lengua que
la recorre la causa del gemido en tu boca?

Húmedos, mi deseo y el tuyo, serán el origen
de todo deseo y de toda humedad, les anima
algo del rito pagano que en aquellos tiempos
de dioses de vigor dionisíaco e infinito furor,
alumbró nuestra desmesurada megalomanía…

 

(Despedida)

 
   
José María Trujillo
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