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  Prosas Azarosas  
 

 

 
ANIMALIA
A un señor cuyo nombre no conozco. Escuché su relato
en un banco del Parque Lezama, un soleado domingo de marzo.


      La lectura quedaría un buen rato interrumpida. Primero con la llegada repentina, casi una aparición de esas cinematográficas en las que el rostro se acerca súbitamente a la lente y se impone. Así fue cómo percibió a la mujer que con raro castellano de entonación exageradamente castiza y con sonrisa y pedido de disculpas introductorio le preguntó en qué lugar del parque se sentaba Borges. Le dijo, dudando enseguida de lo dicho, que ése a su entender no era sitio especial de estadías borgianas sino más bien sabatianas. (Tuvo después la oportunidad de verificar su posible error al hallar en ese prodigio informativo que es Internet que Borges solía visitar el parque con amigas y que “lo recorría cantando”; ¿sería eso así?). Lo cierto es que en ese momento lo dicho ya estaba dicho. La mujer le explicó que era brasileña pero vivía en Barcelona y que una amiga suya le recomendó visitar el parque donde el escritor se sentaba. Volvió a decirle que seguramente Borges había estado allí muchas veces claro, pero que no conocía que quedarse largo rato en él fuera una particular predilección suya. Volvió a Sabato entonces. Le contó que incluso hay una foto emblemática, convertida en postal, del autor de Sobre Héroes y Tumbas (aprovechó para recomendarle su lectura) en la cual con típica concentración en el rostro y postura de espíritu abrumado posa en el inmenso banco de cemento de uno de los largos pasillos, rodeado de la vegetación y de las vasijas gigantes, también de apabullante y sólida consistencia. Completó su información diciéndole que a Borges había que ubicarlo en San Telmo, es cierto, pero más en sus patios y zaguanes que en el parque, y que su hábitat porteño principal no era quizá este igualmente sino Palermo viejo -con su nombre hecho calle desde hace un tiempo- y luego el Barrio Norte. Si quería estar segura de deambular por sitios que él transitó con certeza, le recomendó al fin, convenía que caminara por la calle Maipú hacia la Plaza San Martín...

     La segunda interrupción, bien distinta a la descripta, sería la definitiva en una jornada de intercambios parlantes a los cuales no estaba tan acostumbrado. Pero este segundo diálogo –o monólogo más bien, porque allí casi no pudo intercalar más que un breve recuerdo propio- resultó una revelación por el contenido de la historia de su nuevo interlocutor. Éste le pidió perdón de antemano por extenderse cuando inició su relato a partir de un comentario (¿habría que arrepentirse de haberlo hecho?) sobre el simpatiquísimo perro juguetón del banco de más allá. Ese pedido de disculpas al principio parecía injustificado, pero a medida que comenzó a hablar quedó claro que tenía fundamento, pues el desconocido señor sabía muy bien que una vez iniciada la narración, nada lo detendría hasta que su hasta entonces ajeno compañero de asiento la hubiera escuchado completa.
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José María Trujillo
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